Sunday, March 2, 2008

Tesis Titulacion en Tecnicas Contemporaneas

PONTIFICIA UNIVERSIDAD CATÓLICA DE CHILE.


Beuys afirmó: “La única manera de superarse y tal vez de sanar es estar alerta y mostrar las heridas” . Este texto pretende abrir una puerta al lector de mi obra y guardar relación con mis fijaciones, con mis obsesiones, con mis motivaciones, las secretas y las no tanto. Con el dolor y sus representaciones, con los elementos presentes en mi trabajo permanentemente. Características estas a las que pretendo acercar al lector para entender la obra que genera este texto y que es relevante en la decodificación de la presente propuesta plástica.





MI INFANCIA, AQUELLA SIEMPRE PRESENTE...

Desde muy niño vi a mi abuela paterna siempre con una cruz de plata colgada al pecho. La acompañé innumerables veces durante sus cortas estadías en casa a la iglesia, para escuchar misa.- a misa de 7 de la mañana. Siempre era un buen motivo para ir a la iglesia y dejar volar mi imaginación, fascinándome viendo esos cuadros de dimensiones
colosales en los que se narraba la Pasión de Jesucristo. En aquel entonces, no alcancé a comprender todo aquel dolor que llevaban encerrados aquellos enormes óleos. Todos los hombres que en aquella atmósfera claro oscura, crucificaban delante de mío casi a diario, en el interior de los cuadros veía a lo largos de las iglesias. Esas rodillas heridas, aquellos brazos colgantes y sin vida, cuerpos desnudos, flagelados y ensangrentados por doquier. En la estatuaria que al interior de las iglesias lucían los altares, podía sentir la mágia de los ojos mirando al vacío, queriendo extender el rostro al cielo casi en actitud obligada. Mucho dolor y muerte mostrado en tan poco espacio físico. Demasiado sufrimiento para un niño. Y siempre, por nuestra culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.

Las vírgenes magníficas de los altares, que antes que aquello eran madres sufrientes, claveteadas por grandes espadas doradas. Con enormes coronas de oro y de plata sobre sus cabezas, adornadas además con piedras preciosas e incluso ornamentadas en su mayoría con aros, - aretes de filigrana, producto de las manos expertas de orfebres indígenas que trabajaron en la colonia y que heredaron muchos de sus conocimientos en el manejo de los metales de las culturas precolombinas, tamizado este manejo técnico con la sensualidad árabe que en el uso de la forma y motivos a representar trajeron los españoles.-. Casi como si la coquetería femenina nada tuviera que ver con el mal momento que pasaban en sus vidas. La estatuaria que se lucía delante de mí en las iglesias, correspondía a señoras, a mujeres adoloridas cuyos rostros eran mas que elocuentes. Siempre con expresiones teatrales me seducían, capturando la totalidad de mis pensamientos. Aun horas después de salir de esa vorágine de estímulos, mi mente seguía produciendo variaciones de todo lo visto. Sus pieles blancas, la mayoría de veces en el límite de la palidez cobraban vida, con la textura semi brillante, casi parecía que transpiraban, su transpiración olía a fuego y cera, a cielo e infierno juntos. Velas y cirios consumían gran parte del oxígeno de la iglesia y aumentaban con angustia la culpa. Culpa que todos sentíamos por su dolor, o debíamos de sentir, pues sufría las señoras de los altares, por el hijo del hombre. Aquel hijo, al cual, todos matábamos a diario con nuestros pecados. Vestidas con trajes obscuros de luto perpetuo, eran poseedoras de ojos reales, con un brillo húmedo de eternidad, tenían siempre lágrimas paralizadas en el tiempo, o tal vez, su tiempo era eterno. Sus cabellos naturales, siempre muy bien peinados eran también un punto importante de atención y de abstracción. Sabía que eran de “chola”. - nombre con el que se denomina a las mujeres quechuas o aimaras en el Perú, que aun usan a diario sus trajes autóctonos -, las cholas vendían sus largas trenzas de cabello con las que se realizan aun hoy las pelucas que visten las cabezas de la estatuaria borroca - Así eran también las cabelleras una proyección de la muerte. Transformándose las cabelleras que alguna vez pertenecieron a un ser vivo y pecador, en divinas y su sufrimiento también en sufrimiento eterno. Al contemplar ese gran dolor, uno tenía que hacer lo propio; Sufrir, pues también el sufrimiento era parte del éxito para “ganarse el cielo”. El derramamiento de su sangre era rutina permanente, como el dolor que todos parecían sentir al contemplar aquellas imágenes.

Mi madre, una mujer piadosa, anhelaba tener siempre un gran crucifijo en casa, (como aquel que aún veo en mis viajes a el Perú, y que perteneció a su madre y antes de eso a la madre de su madre y que lo sigue conservando la hija mayor como un gran tesoro, que sin duda lo es. Una imagen barroca de un Cristo sufriente, hecha con ojos de vidrio y lágrimas de eternidad, paño de género bordado primorosamente y corona de plata. ), que finalmente compró y rodeo de velas, que con cuidado siempre encendía, durante los largos años que duró su enfermedad. Murió de cáncer, la vi casi a diario arrodillarse ante aquel crucifijo, y llorar todas las mañanas, como parte de este ritual de velas, llanto y dolor. Solidarizando con su propio sufrimiento con el dolor de aquel hombre crucificado, sangrante y eternamente mártir. Era cómplice feliz creo yo... total, “venimos a este mundo para sufrir”. Vinimos a esta tierra a pagar nuestras culpas. Predestinados para el sufrimiento por aquello del pecado original, del que somos todos culpables. Sólo redimiéndonos de nuestras culpas lograremos entrar en el cielo, y eso, si nos portamos bien y sufrimos aquí en esta vida lo suficiente como para poder redimir nuestras culpas, podremos llegar al Paraíso en el cual, seremos felices... dejaremos entonces por fin alguna vez de sufrir.

Fueron años difíciles para un niño que no alcanzaba aun a entender la compleja visión del mundo, y menos aun la del mundo cristiano. Mi lectura de los símbolos era ingenua pero relevante para mi formación como individuo. Vivía comparándolo todo, midiéndolo todo, fascinándome del dolor y sus representaciones. Imaginando cómo a través de todo aquello, nos ganaríamos el cielo y redimiríamos nuestras culpas ancestrales, culpas tal vez genéticas.
Por todo esto, en el proceso de creación de mis obras, es constante el uso de una iconografía que guarda conexión con las representaciones de lo divino, motivada, claro esta, por mis experiencias de infancia. Se entrelaza en esta acción creadora, mi pasado como peruano y las realidades paralelas del país. Como un peruano que se crió viendo un patrimonio histórico religioso sumamente rico en orfebrería e imaginería colonial, de características tan peculiares en contraste con un mundo de pobreza material del que fluían historias y visiones mágicas, que agigantaban todo aquel esplendor material e iconográfico. Esplendor en el cual siempre se representó el sufrimiento, nunca la felicidad. Como peruano inserto en una familia católica, no puedo desprenderme, ni quiero hacerlo, de los altares barrocos, de las representaciones y de un modo de ver el mundo que marcó mis valores. Modo que va muy ligado al sufrimiento, como un elemento importantísimo en la vida del ser humano e indispensable en su salvación espiritual.

Continúan siendo partes de mis sentimientos más íntimos los altares de las iglesias, elaboradísimos. Altares, que se contraen, que se repliegan en ellos mismos. De relieves forrados en láminas de oro, generando un vertiginoso laberinto visual difícil de abordar. No me he desprendido de la relación entre el oro y lo divino, más antigua que la presencia europea en nuestra América. Sigo aun prisionero gozoso, de aquellos envolventes juegos de línea y color, de luces y de sombras, revoltijos siempre en movimiento cambiante como la luz de las velas que los ilumina. Monumentales altares de las iglesias, que por su difícil composición plástica son imposibles de observar con mesura por el ojo ingenuo. Prisionero y captor de esculturas barrocas, las que en mi infancia me gritaron el dolor de la humanidad, hoy me hablan de la representación del sufrimiento, de la mentira y de la ilusión visual. Me cuentan de la búsqueda apasionada del gesto, de la captura del sufrimiento humano, de la recreación de los cuerpos a la medida humana, en madera, yeso y pintura. Pero también me gritan la pasión por representación del llanto del alma que busca la redención. De niño, sin embargo, esta imaginiería representó para mi todo el peso del dolor encarnado, de la vida misma.
Así, la interesante arquitectura virreinal religiosa del Perú, unida a aquel olor a humedad y encierro tan característico de las iglesias de Lima, adherido al envolvente olor a velas, incienso y cirios, forma parte de mi mundo más íntimo. Mundo este que ha generado el universo de mi obra los últimos diez años, y que genera resumiéndola esta última propuesta.



MI OBRA.


He configurado, a lo largo de mi investigación en la plástica, un lenguaje visual que adopta algunos de los elementos técnicos de la representación de dolor que ya antes mencioné. Presentes estos elementos, no sólo en la cultura católica, en mi obra no son sólo elementos compositivos o técnicos, son presencias que hablan de mi vida interior y anterior. Vida que se vuelca, que sale a la luz por canales plásticos, en una utopía de libertad como parte de una pretendida ruptura de límites, en contacto con lo particular, con lo particularmente individual, con la denuncia del género.

Al principio, incorporé estos elementos de una manera ingenua, luego de una forma premeditada, posteriormente en una forma casi obsesiva. He reiterado el uso de materiales simbólicos como el oro. Elementos que no niegan ni sustituyen sino ratifican el sentido histórico de nuestra naturaleza humana, siempre en busca de lo trascendente, tal vez lo divino, de mi percepción del mundo como parte universo cristiano. A la cruz por ejemplo, cuyo perfil sigo hace mucho, - su forma está presente en la estructura compositora de buena parte de mis trabajos -, le asigno dos principales lecturas: la una, de un signo recurrente en las principales culturas del mundo, la otra ligada estrechamente a la crucificción de Cristo, con una carga de dolor y culpa. El dolor y la culpa que sentí al ver aquella estatuaria colonial en mi infancia, recordando siempre que Jesús murió por nuestra culpa, por mi culpa... Por tanto, siempre sentí ser culpable, ó por lo menos en parte, de la sangre derramada en cada escultura que habla del Cristo agónico en la Cruz, culpable de su muerte y de cada llaga en su cuerpo, tal vez yo mismo sin recordarlo le hube puesto, al principio de los tiempos, su corona de espinas. Culpable del dolor de María y su llanto eterno, de su rostro desencajado de tanto sentir su corazón destrozado, su pecho atravesado. Y es que, así como la cruz esta presente aun en las culturas más remotas, forma parte también del inconsciente colectivo de la humanidad. Hoy es la cruz un símbolo gráfico universal.

Muchas cruces se encuentran en insignias de ordenes militares, condecoraciones, la esvástica misma es una cruz, tan relacionada hoy con grandes genocidios. Así incluso la cruz es una forma que nos conduce a la dualidad de los significados. Es buena pero también es mala, una razón mas por la que adopto esta forma en mi trabajo, pues refleja nuestra existencia oscilante entre lo bueno y lo malo, entre la luz y la oscuridad.

En 1995 realicé, como parte de los trabajos para una exposición que tubo lugar en el centro de Extensión de la Universidad Católica en Santiago de Chile, una obra, un políptico que adopta la forma de cruz al colgarse. Considero relevante mencionarla y mostrarla pues es con este trabajo que tomo consciencia real de mi búsqueda, hasta ese momento intuitivo, por la representación del paradigma occidental, paradigma que se encuentra estigmatizado por la cruz, el sufrimiento como elemento redentor, y la representación del dolor. Esta obra, compuesta por cinco cuadros conforma una unidad cuya posición al colgarlos generan en conjunto la forma de una cruz. Por sí mismos, cada una de las cinco partes de la obra – de lino de ochenta y cinco centímetros por setenta centímetros. realizados en técnica mixta, que consta de: papel pegado con cola fría usado como elemento de textura, acrílico, óleo y lámina de oro -, tienen un valor plástico, pero cobran completo sentido al juntarse. Dicha obra no sólo es la sita de una cruz, allí existe un elemento de dualidad que me resulta muy interesante resaltar. Siendo que la lectura de las obras se puede hacer por separado, pero también en conjunto, propongo una multiplicidad de lecturas. Expuestas en forma de cruz, hacen de este trabajo una unidad cuya decodificación por parte del lector, traté que fuera un aprendizaje, un reconocimiento de nuestra, de su propia existencia.

Lo relevante de esta obra, que no lleva título, y por lo que la sito es que, siendo mi primera aproximación a la cruz, como un elemento icónico importante, capaz de evocar y de negar al mismo tiempo, utilizado ahora en forma totalmente consciente, es también mi primera exploración a la tensión que busco entre un discurso que necesita un lenguaje propio y una obra que por sí misma sea capaz de sostenerse sin necesidad de un apoyo teórico. Una obra que tenga la suficiente capacidad de evocación y de retórica. Es por esta razón que la nombro como parte de mi proceso de evolución. Es parte del hilo conductor del proceso creativo que guía la propuesta actual y que, ayudará a la decodificación de mi trabajo final.
Pienso que el arte tiene capacidad de evocar en sí mismo y que las propuestas son consistentes en si mismas y su discurso pertenece no solo a quien las ejecuta, también a quién las lee. Es esta idea la que me lleva a pretender “husmear” en el interior del lector, de sus recuerdos, de sus asociaciones de ideas, de su particular lectura de códigos. Pienso que existe un juego, una interelación entre la obra que yo presento al lector y su lectura. Un juego entre lo evidente y lo que subyace en el inconsciente, entre el color y no-color, su ausencia, el existir y el no ser. Una relación entre los espacios que no estan ocupados por la obra y los que sí lo estan.

Siendo el formato mismo en que elaboré esta obra, un conjunto de cinco lienzos formando una unidad final, y que establecen, en su conjunto, zonas negativas, en el sentido de inexistencia física de obra. Los espacios positivos los tenemos, por el contrario él las zonas de existencia de trabajo, de materialidad. La interrelación que pretendí entonces, forma parte de la apropiación del espacio de exposición. Capturando para sí, la obra, un juego de reconstrucción en el interior de cada espectador, pauta que he desarrollado otras tantas veces en diferentes trabajos. Haciendo de lo propuestas espacios que generen por sí mismos una obra particular en cada observador, por tanto diferente en cada caso, como diferentes son los espacios íntimos en el interior de cada individuo.

Leí que la cruz es al mismo tiempo un elemento místico y visible de la unión de cielo y tierra, de la reconciliación del creador con su creación; es el centro de la historia de la salvación, por tanto, simbólicamente también el centro del mundo. Se dice que la cruz es el cordón umbilical del cosmos jamás cortado unido al centro original. Es, entre todos los símbolos, él más universal y él más totalizador, símbolo del intermedio y del intermediado, de quién es por naturaleza integración permanente del universo y comunicación tierra-cielo, de arriba y de abajo. Sin embargo, en nuestra tradición cristiana el sentido evocador de la Pasión se ha impuesto sobre todos los demás significados atribuibles a la cruz.

Quiero exponer con esto, que esta forma yace en nuestro inconsciente, la llevamos internamente, tal vez incluso como parte de nuestro inconsciente colectivo que al vivir en un lugar, esta América nuestra, donde la mágia es un elemento culturalmente activo, cobra significados y significantes propios. Donde aun hoy la religión es un elemento de cultura vivo y dual, un elemento que refleja lo ecléctico de la religiosidad, pero que a la vez es un sentimiento proveniente de muchas fuentes, se mezclan, sin un límite claro en la práctica. Van estos sentimientos y visión de mundo entre el fetiche y lo sacramental, entre lo divino y lo paranormal, entre el bien y lo tal vez malo. Y es que, aquella religiosidad popular va mas allá del bien y del mal, mas allá de la razón. Mezclando rituales e íconos, incorporando nuevos códigos, diferentes a los ya establecidos. Esta religiosidad es parte de nosotros mismos.

En resumen, los elementos de esta obra, forman una conjunción de contrarios: lo positivo(vertical) y lo negativo (horizontal): lo superior y lo inferior, la vida y la muerte. En sentido ideal y simbólico, estar crucificado es vivir la esencia del antagonismo base que constituye la existencia, su dolor agónico, su cruce de posibilidades y de imposibilidades, de construcción y de destrucción, como forma que retiene y a la vez destruye el libre movimiento.

Uso la lámina de oro en mis obras, - presente también en este último trabajo -, deriva de mi percepción, que reúne al cielo y al infierno. La eterna disyuntiva del hombre ... la negación y la obviedad , la palabra y el silencio. Mirar en el interior de cada ser humano es mirar el ciclo completo de la vida, con sus particularidades y especificidades. Y, si somos hijos de Dios hechos a su imagen y semejanza, también debemos de pensar que aun en Él existe lo oscuro y lo claro, lo transparente y lo opaco, la dualidad eterna. Tiene pues mucho sentido que para su alabanza y representación siempre se tomara el metal más precioso, el oro. El oro que es el bien y el mal junto, que seduce y que aterra, que posee y que abandona. Cuya imagen activa deseos y a los que se le asigna valores que colindan con lo mágico, que pasean entre lo divino y lo miserable.

El oro tuvo mucha importancia en las culturas precolombinas. Hoy aun conserva una significación mágico-religiosa: era símbolo del sol, algo así como la materialización de la luz, de la fuente de vida y de la verdad pero en el ámbito terreno. Este metal careció, en la cultura prehispánica, de valor monetario, no era elemento de canje ni de comercio, sólo tenía la virtualidad sacra que lo hacía precioso. Por esta condición, y no por su valor económico, era tan apreciado y formó parte de la estética ornamental. No era un metal numulario sino un elemento ritual.
Con la colonia española en el Perú, la asociación del elemento oro tendrá una dualidad conocida en occidente. De este modo, la cercanía a la ornamentación e iconografía religiosa virreinal, tan llena de oro y plata, tanto como a las representaciones del dolor y el sufrimiento, han dejado en mis profundas huellas. “Nos corresponde sufrir mucho en esta vida, para luego, poder gozar de la vida eterna”, fue lo que escuché desde niño.

Así, con una lectura sesgada de la ornamentación e iconografía religiosa, enfrento la necesidad y el dilema de hacer mi primer retablo, tal vez citando un retablo que elaboré en España, sintiéndome poéticamente cerca de una historia y una geografía anterior a los últimos 500 años. Este retablo, - cuyas medidas aproximadas son deciento ochenta centímetros por ciento cincuenta centímetros, en madera, de tres cuerpos y pintado al óleo-, tiene como concepto el viaje de la vida, eternamente en disputa, entre el bien y el mal, lo permitido y lo prohibido. Mi aproximación a la representación religiosa , nada tiene que ver con doctrinas ni dogmas , me he apoderado del signo , lo que siempre quise hacer. Al interior del retablo, existen figuras abstractas que me conducen a una ruptura y reconciliación con diversas partes de mi interior. Que pretenden guiar al espectador por viajes internos. El oro pues, en este trabajo, simboliza todo lo superior, la luz, el conocimiento, la riqueza, la perfección y la irradiación de lo divino. Simboliza también el valor permanente e inalterable de los bienes espirituales y la suprema iluminación. Pero si el oro como metal y como color lo he adoptado como símbolo superior, estoy plenamente consciente también de que, cuando lo mercantilizamos en moneda se pervierte y pervierte. De esta forma se convierte en un elemento que ejercita una de las dualidades más interesantes. Siendo un metal asociado a lo divino, a las partes más sublimes del ser humano, es también el que gatilla el desarrollo de la ambición, la avaricia, el deseo desmedido, la crueldad y una lista interminable de valores negativos que son, la antítesis de su simbología tradicional.Lo mismo ocurre en el mundo de los sueños, en el cual el oro sólo constituye un buen presagio cuando lo encontramos, especialmente si es en forma de un tesoro pero sea en la forma que sea, hallarlo sin buscarlo siempre pronostica bienestar y provecho. El oro y su búsqueda, cuya obtención y posterior posesión cambiaron la historia de América. Fue este el metal que movió a los conquistadores a venir a estas lejanas tierras a conseguirlo, a obtener, como hoy, mediante su posesión, el poder y la trascendencia.

El color y su simbolismo, es un tema que me interesó poco investigar, es decir, nunca busqué saber, la razón por la que proponía tal o cual color, hasta que sentí la necesidad de utilizar el color o no utilizarlo creando espacios que se dividieran en espacios de color y su ausencia, que además se entrelazaran entre sí para hacer de la estructura del cuadro algo aun mas dual. Con frecuencia en la simbología universal aparecen el color y su ausencia, el negro y el blanco, el negro como negativo y el blanco como positivo, estructurando una bípolaridad simultánea o como mutación sucesiva y alterna. Cuando se contraponen dos colores en un espacio simbólico dado (heráldica) el inferior tiene siempre carácter femenino y el superior masculino. En la contraposición negro blanco el primero es inferior y femenino y el segundo superior y masculino: lo mismo acontece con la contraposición blanco-oro. Igual vale en la serie descendiente: amarillo, azul, verde, negro. Es decir que en espacios donde utilizo tal o cual color, frente a los espacios en que su ausencia es inminente, estoy creando determinados espacio negativos o positivos que se verán solamente afectados por el interés de la figura, del dibujo que llevan en su interior.

En 1996, incorporo el círculo a mi trabajo. De este modo, se hace más complejo el paisaje de los símbolos que expresan mi mundo interior. Pero son estos nuevos elementos resultado mi búsqueda de formas que me sean cómodas, muchas veces de descubrimientos casuales, con los que me sienta mas identificado. Es en la obra que lleva por nombre: “Decisión verde “- obra realizada en técnica mixta sobre lienzo, cuyas medidas son: cien centímetros por noventa centímetros, fue expuesta ese mismo año como parte de una exposición individual en Alemania -. Es este el primer trabajo en que reemplazo el uso del óleo dorado que antes utilicé por el uso de la lámina de oro. Quiero la verdad en el material, y no lo que se le parezca. El uso de este nuevo material se irá incrementando con el paso del tiempo, nuevos materiales para la textura es otra de mis preocupaciones, pues así como los altares de las iglesias coloniales se debían de sostener en tallados de madera que serían cubiertos en láminas de oro. Siento la inclinación de texturar para luego cubrir partes de esta textura con lámina de oro. La composición en forma de cruz está presente nuevamente, pero aun importa mucho el color que me envuelve y crea una atmósfera que es intencionalmente poética, posibilita nuestro último cruce de caminos, queda la posibilidad de escoger cualquier dirección o para resignarnos con nuestro sentido. La lámina de oro, elemento dual que nos lleva al cielo y al infierno, capaz de producir recogimiento y lujuria, de llevarnos a mundos sublimes de espiritualidad, de búsqueda de luz, así también como de sombras y egoísmo, de ambición.

Nunca busqué saber la razón por la que proponía tal o cual color. Hasta que sentí la necesidad de utilizar el color o de no utilizarlo. Creando espacios que se dividieran en espacios de coloreados y de su ausencia. Obteniendo con esto, zonas positivas y negativas, que además se entrelazaran entre sí para hacer de la estructura del cuadro una estructura dual. El último trabajo que citaré, corresponde a una serie de cuadros, pintados durante el primer semestre del año 1998. Realizados al óleo con lámina de oro. Este, forma parte de una serie de veinticinco obras que a pesar de los formatos diferentes, contienen todos elementos en común: el uso de la lámina de oro es radicalmente menos discreto que en ocasiones anteriores. La obra que examinaré, como las otras veinticuatro, forma parte de la serie de cuadros presentados este año en una exposición en la Galería Praxis, en Santiago. Esta obra, realizada al óleo, mide cien centímetros de alto por noventa de ancho y no posee título. De ejecución muy discreta, es económica en recursos técnicos y no vemos al interior representaciones figurativas ó volumétricas. Este cuadro es una composición vertical dividida en tres partes, cuyo tercio central es ocupado por una masa que cruza completamente el cuadro de arriba hacia abajo y donde se ha pegado lámina de oro. La composición es interferida horizontalmente por texturas que formaran algunas imágenes no del todo reconocibles. Los colores empleados son tierras y negro usados en capas sucesivas de veladuras, por tanto, de una manera que los hace transparentes entre las sucesivas capas de los mismos, tratando de crear una atmósfera. La composición de la obra es sumamente sencilla y no existen grandes tensiones de color ni de forma.

Pretende esta pintura expresar acerca del ser humano, de su esencia religiosa. De allí el uso de la lámina de oro como icono de la religiosidad y la búsqueda de esta. Con una composición en forma de cruz, como paralelo de la cosmovisión del hombre cristiano. Existen insinuaciones de imágenes que no alcanzan a ser figuras completamente distinguibles, pero que ocupan una buena parte del espacio pictórico.
La obra aquí expuesta muestra dos niveles de lectura. Un primer nivel formal, en el que, la tensión de las diversas zonas del cuadro se entrelazan para brindar una imagen, cuya complejidad guarda relación con la multiplicidad de elementos dispuestos al interior del espacio pictórico. El uso del metal y las zonas texturadas, invitan al visor de la obra a ejercitar relaciones entre las figuras y las líneas que las encierran. El dibujo se transforma en un elemento que hurga en el espectador, partiendo de sus propios referentes visuales, sus recuerdos.

Al ejecutar esta obra, me sentí trasladado por tambaleantes caminos de suposición, por formas de vivir de otras formas, de no vivir viviendo. Creando de esta manera, una realidad que habla de otras realidades, de puertas por abrir, de realidades por descifrar, de sensualidad y de fragmentación. De búsqueda del equilibrio e introspección. Es decir, de un cúmulo de pensamientos y sensaciones que acompañan el acto mismo de la creación, y son parte de la experiencia estética.


LA PRESENTE OBRA.


Pretendo que el lector establezca con la lectura de este video , la articulación de un espacio delimitado un televisor estándar , es decir ,por la caja y su interior. Es decir, el retablo colonial puesto de manifiesto en la contemporánea televisión. En cuyo interior pretendo desarrollar la saturación del signo. Así, con esa visión, ejercer una tensión que plantea ir entre el signo, y la saturación del signo...

El retablo en sí, es para mi, un símbolo y un signo. El aparato de televisión, que se ve al interior del retablo, lo es también. Al hacer una analogía entre ambas “cajas”, pero al mismo tiempo poner una caja dentro de la otra, me propongo buscar la saturación del icono mismo, neutralizando algunos posibles significados, a la vez que potencializando otros. El retablo, guarda y cobija las imágenes que tiene dentro, es un poco un nido en cuyo interior suceden y se establecen relaciones, es un útero que alberga, pero también es capaz de destruir con sus contenidos, como se destruyó el mundo andino y su cosmovisión. La televisión, en cambio “vomita” sus contenidos, no los guarda, es incapaz de replegarse en sí misma como lo podría haber hecho el retablo. La televisión, invade mucho menos sutilmente, y es imposible neutralizarla, por último, su sola presencia hace que emane energía en el medio en el que está, contaminándolo todo, cambiándolo todo. No se entienda con esto, que estoy haciendo una apología contraria a estas “cajas”, a todos los retablos que pulularon por nuestra América en lo que ahora parecieran, casi remotos tiempos. Existen cambios positivos, contaminaciones agradables...

Las imágenes que presento al interior del retablo-televisión , en la pantalla de televisión en el vídeo, son imágenes de maniquíes que por estar desprovistos de movimiento ellos mismos, pretenden en el espectador, cuestionar la sensación de rigidez, la que puede traducirse en rigidez de criterio, mental, etc. Pero también hacer una analogía con las representaciones religiosas de las que hablé anteriormente que habitaban al interior de los retablos coloniales, como en mis recuerdos de niñez, en las que, se expresa el dolor y la redención a través del dolor. La sangre, burdamente insertada a estas imágenes que he creado, es inmediatamente visible, como también lo es su “artificialidad”, que es la naturaleza de toda esta instalación. Una instalación que, pretende citar pero no rememorar.
Las imágenes de este vídeo, tratan de sorprender y estimular los sentidos. De transportar al espectador a una realidad de sorpresa y sensualidad, donde el voyerismo se mezcla con la confusión ante lo no claramente visto. Esto como producto de la visión de imágenes confusas, producto de un constante desenfoque de la cámara de vídeo, en el “traveling” que obliga al lector a realizar una mirada que colinda entre lo sorpresivo y lo contemplativo. Una visión que trata de no ser descriptiva ni anecdótica. Sí, sugerente. Intento con lo que muestro, que se establezca un flujo de asociación de ideas que permitan, la observación de los diversos elementos expuestos y la lectura de la obra. Una obra que no necesite un apoyo teórico para cuestionar al espectador.

El trabajo presentado, podría describirlo como una caja –television-retablo colonial peruano...en cuyo interior vemos proyectado un vídeo. Esta caja es un retablo, un retablo que evoca aquellos que, a lomo de mula, los sacerdotes llevaron por toda América, para realizar la evangelización de los pueblos indígenas. En su interior existían, en aquellos retablos de la colonia, imágenes elaboradas en yeso, madera tallada ó pasta de papa que, pintadas cuidadosamente, correspondían a las representaciones de las principales divinidades católicas, procurando guardar el estilo y factura de los modelos importados de Europa, pero que aquí se hicieron con evidencia mestiza. Con estos retablos, se trasmitió al indígena una visión de mundo diferente a la propia. Una cosmovisión nueva, en la que, lo anterior, lo propio del mundo andino no sólo que era malo, sino que constituía una herejía y la condenación segura, condenación a quemarse en el fuego eterno. Aquellos retablos, no solo servían para anular el paradigma andíno, servían para enseñar al indígena que las creencias milenarias, las que forman parte del hoy llamado paradigma andino, eran despreciables. Fue una evangelización muy dura la de nuestros pueblos, hoy nos queda el recuerdo de “La Santa Inquisición”, y un legado en el que la baja autoestima de nuestros pueblos forma parte de su acerbo. Se obligó, de una parte, a dejar de lado a “La Mama Pacha” y, de otra parte, a adorar a la Virgen María. Por eso es que existe una relación interesante entre las representaciones de la Virgen y las de la Mama Pacha. La adoración de la tierra, representación de los valores femeninos en el mundo indígena andino era considerada una herejía pero no así la adoración de la Virgen, constituyendo este cambio en el signo uno de las primeras manifestaciones de sincretismo de nuestra cultura. Conocedores de esto las autoridades religiosas, cambiaron las principales fechas de festividades indígenas, con fiestas católicas. Y es que, con la llegada de la evangelización española la culpa ocupa un lugar privilegiado en la vida diaria del indígena que debe de sentirse culpable de ser quién es, de creer en lo que cree. Se le enseñó al indígena que su religiosidad era falsa, que sólo existía una religión verdadera y santa, una sola verdad y aquella la tenía la iglesia católica. Un discurso tan extenso en un espacio físico tan pequeño, la caja de madera tallada con las imágenes en el interior. Hoy han pasado quinientos años, tal vez un poco menos y nos encontramos ante el mismo fenómeno, la caja en cuyo interior, tan pequeño, se nos develan tremendos mensajes.

Hay en aquel retablo, en aquella caja en cuyo interior existe “ un mundo distinto al existente”, lo compramos en las tiendas, nosotros mismos lo instalamos en nuestras casas, es testigo de nuestros actos más íntimos. Se vuelve parte de las necesidades del mundo moderno; Hoy, nuestro retablo se transformó en el aparato de televisión, nuestra computadora, y el mensaje evalizador, ahora mucho más sutil tal ves es hoy la red mundial de Internet, el tv.cable y sus grandes cadenas de noticias, realidades virtuales nunca realizadas con inocencia...
Con esto trato de indagar en la retórica de lo real y el deslizamiento del significado. La caja de antaño, cambió una tanto su apariencia pero sigue estando presente. Pretendo que el lector tome conciencia de su permeabilidad ante los discursos que emanan de estas cajas y replantee su capacidad de análisis ante la realidad circundante y su proyección con el medio.

Planteo abarcar la neutralidad, pero también la dualidad y la relación con lo doble, la discusión entre el cuerpo y sus representaciones, el dolor, sus representaciones, la ficción, la cita y el ritmo de los cuerpos hacinados, el placer y el morbo y la culpa. El morbo presente en el ser humano hoy mas que nunca en el mundo y en el mapa del ser humano. Presente en la televisión, presente también en los relatos, en las comunicaciones y telecomunicaciones.

Fuente de inspiración de verdades y otras que pretenden serlo. El morbo, que siente el espectador ante las imágenes prohibidas, es un elemento insustituible e infaltable del ser humano del siglo veinte que, gesta y articula elementos de realidades “virtuales”, hoy mas que nunca a su elección. Mira como, espectador a través de una pantalla de televisión, las escenas más sublimes como también las más sórdidas. Todo esto, sin realmente estar presente, detrás de la pantalla, ejerciendo su derecho y cualidad a gozar de lo que yo llamo una realidad profiláctica, entre los hechos que se suceden y el espectador. Y es que, el morbo forma parte del placer, del placer relacionado con lo no completamente permitido, con lo no abiertamente aceptado o aprobado. Matar, por ejemplo, no está permitido, pero, lidiamos gustosos con las guerras, con el placer y morbo de la cercanía de la muerte, de la tortura, con los asesinatos, con la sangre y sus placeres.
Es lo anterior, algo sobre lo cual he reflexionado y una de las cualidades que pretendo emanen de mi obra, por esto, uso un tipo de manejo de cámara, que antes que examinar “olfatee”, como lo haría una bestia, sin prejuicio alguno, sin ascos ni remordimientos, y lleve al espectador a hacer una recorrido inusual, de una realidad que, tal vez no alcance a comprender, pero en la que se vea envuelto. Dicho manejo de cámara, deseo que obligue a “husmear” en una suerte de fiesta de “corporiedades” que invocan al signo, y cuya repetición obsesiva e interminable, pretenden su desarticulación con relación a la credibilidad de lo visto.
El placer que es parte de la parte supuestamente obscura del ser humano. Muchas veces el placer está asociado al distanciamiento de lo divino y al acercamiento de lo profano, es por esta razón que lo que causa placer y esta prohibido para el hombre le es posible acero a través de la ficción, hacerlo virtualmente ocupando un lugar delante de la pantalla del televisor. Así es el hombre actual que disfraza su sed de sangre saciándola con la violencia de las películas, con la violencia de los noticiarios y después de todo, no haciendo distinción entre una cosa y la otra. Entre la ficción y la realidad, si se es espectador, la división entre estas dos cosas se hace escasa. Forman estos elementos, esta dualidad de realidades, parte del interior del hombre actual, como forman parte también la derrota del recuerdo y el “sonido” de la imagen, la enfermedad y las miserias, la transparencia y el deseo de voyerismo.

Pretendo que, ante el agotamiento del espacio, dado por las reducidas dimensiones de la obra, dentro de la cual existe un televisor, sienta el espectador, la sensación de asfixia, angustia ante la imagen y su ritmo, ante el “ vómito de imágenes”, que se suceden con rapidez. En una caja, como lo es el retablo ó la caja de la televisión, el miedo a la diferencia que sufre el ser humano de hoy. La traición del análisis, ya que es mejor ser espectador pasivo que creador de nuevos conceptos.
El sexo y la destrucción de lo privado. Pretende ser otro de los puntos a abordar en este espacio plástico. Siempre me llamó a la reflexión, la relación existente entre el ocultamiento del cuerpo, el cuerpo como sinónimo de lujuria y la relación de estos elementos con el pecado. De otro lado, la espontánea presentación de los cuerpos desnudos de Cristo en la estatuaria sacra. El erotismo implícito en esos cuerpos, la sensualidad de la reproducción de los detalles corpóreos y su padecer. Trato de referirme a la desarticulación de los mecanismos eróticos ante la contemplación del cuerpo expuesto y desnudo, como resultado de la intervención de este por mecanismos de tortura y de dolor. El cuerpo entonces, oculto bajo los mantos y ropajes de las representaciones de santos y mártires en las iglesias, resulta ser contaminado por el fantasma del sexo, fue mi primera refección años atrás. Sin embargo, el mismo cuerpo expuesto sacramente, resultaba ser mediatizado y liberado de cualquier erotismo y, haciéndolo presa de las flagelaciones y del dolor corporal, apto para los mecanismos de redención. Es esta refección que me traslada a mi infancia, la que me motiva a trabajar el tema del cuerpo en esta obra. Pretendo que exista una tensión en la lectura del espectador de estos cuerpos, o fragmentos de cuerpos que presento en la pantalla de televisión. La obviedad de la sangre falsa puesta a raudales y adherida a los maniquíes, no corrompe la sensualidad de sus formas desnudas, de los trozos de piel, que finalmente se revelan falsos, tal como rápidamente queda al descubierto luego de observar un instante la filmación. Propongo la sensualidad y el erotismo de los cuerpos desnudos, entregados por el vídeo. Pero al mismo tiempo, desarticulo estas característica eróticas con la representación de la sangre. Elemento este que, a su vez nos traslada por el camino que, como otros santos y santas escogieron Santa Rosa de Lima, santa patrona de la capital peruana, famosa por sus prácticas de autocastigo físico, siempre en la búsqueda del dolor como vía conducente a la redención.
El sexo hoy explícito en la pantalla de televisión y parte de cualquier programación televisiva, es menú y una de opciones que se nos ofrecen a diario, al televidente del mundo hoy globalisado. El sexo irrumpe a través de la pantalla, como irrumpe la televisión en nuestra intimidad. Carece el sexo de intimidad y su naturaleza reproductiva se ve transformada a practica de placer. La sensualidad y el erotismo, son hoy alimento de grandes campañas publicitadas.

La manipulación de la imagen, escogiendo lo que quiero que el espectador vea y lo que no, constituye la neutralización de la realidad al interior de la cinta. Crea una imagen que es al mismo tiempo una “falsedad”. Pretende conducir al espectador por sentimientos que examinen y replanteen al interior de este, la representación de lo real, lo superficial y la creación de un espacio de interés visual y textual. De castración y de autocastigo. De fantasmas y de procesos psicóticos.
En resumen, exhibir la imagen, en este trabajo multi disciplinario, será neutralizada, por lo que yo quiero que se vea, comvirtiendome en el ente fiscalizador de la imagen. Proporcionando de esta manera al espectador relaciones aleatorias de imagen y sonido que conduzcan a la reflexión y una nueva referencia visual.

Cuerpos, que lo son y no lo son. Cuerpos que, siéndolo son representaciones de cuerpos. Se confunden las masas, entrelazando la realidad con la ficción, la muerte con la vida, lo real con las imágenes del imaginario. Imágenes que por sobre la plasmación estética, epidérmica, hablan de una realidad que se desvirtúa, se trastorna. Trato de abarcar la ambigüedad de los elementos contrarios que habitan en un mismo objeto. Vemos maniquíes que representan cuerpos. Pieles que son plásticas, pieles y cuerpos de tramoya. Hombres que son engaños, ficciones ante la cámara de vídeo y un registro antojadizo. Hombres, seres humanos que no viven, salvo en nuestra mente, en la mente del espectador y en la mía. Una trampa que recurre a la nostalgia para elaborar el engaño. Y en esta paradoja de cara a la tensión, hablo de disputa, existente entre los elementos que viven al mismo tiempo en el interior del vídeo y su relación con el retablo. Coexisten como polos opuestos y vibran a la vez.
Pretendo indagar en lo subjetivo, sin esclarecer la línea de lo real y lo iluso, para confrontar al espectador y confundirlo y así se vea en la obligación de descubrir el engaño. Para esto, aludo a la metáfora de la jaula que aprisiona pero también que protege, aunque castra, eso si nos quedamos en su interior para siempre. Eso es de alguna manera el retablo que propongo. Un elemento, un objeto que guarda, no necesariamente para protegernos, pero si para contenernos. Este retablo nos brinda las imágenes de vídeo. Cinta que genera con sus imágenes, que se suceden a un ritmo envolvente, un estado de ánimo en el espectador expuesto ante este estímulo. Espero, que sea una experiencia más angustiante que placentera. Es este retablo un nido dentro del cual, así como los pájaros se despojan de su propio plumaje muchas veces para confeccionarlo en función del nido que protegerá y cobijará a un nuevo ser. Entonces, parte de ellos mismos abandonará el nido cuando los nuevos seres tengan alas lo suficientemente fuertes para volar y tener el dominio de sus propias vida. Una vida ahora ya libre de las ataduras impuestas por el orden de su propia evolución y crecimiento, como el ser humano que crece intelectual y culturalmente en el transcurso de su vida. La debilidad no será mas, para estos pájaros, como para el hombre, un obstáculo que inhiba sus vuelos, que castre sus pensamientos mas osados, que sea capaz de destruir sus propias líneas de pensamiento. Y ver desde el cielo, aquello que antes sólo podían observar desde la tierra, con una perspectiva limitada, la perspectiva a ras del suelo que da la pobreza del alma.
Así, dejando esta propuesta su imagen en la retina y en la mente del observador para que complete la lectura, sobre la base del recuerdo y reconstrucción de lo visto, ojalá como un “mirón” satisfecho que atesora imágenes que lo embriagan, en una sensación de circularidad atemporal, no espacial, mágica. Como un pájaro que deja el nido y se lanza a la experiencia de volar con libertad, estrenando sus propias alas. De esta misma forma, el lector de la obra, se lance a la recreación de imágenes en su interior, no sólo ya a partir de lo visto. Se convierta tal vez en un “recreador”.
Trato, que este trabajo, esta investigación teórico-práctica sea conducente a un proceso sin fin en el espectador y en mi propuesta individual. Pretendo me ayude, y ayude al lector de la obra, a ejercitar un discurso coherente entre lo expuesto y su discurso personal. Cuyos objetivos espero tengan que ver con la transformación de la conciencia, en un forzamiento de la razón, para sacar a la palestra la confusión, el deseo, el engaño, la ilución y la desilusión. Y por tanto elevar los niveles de conciencia. Principalmente los propios, lo que obviamente, redundarán en la evolución, profundización y crecimiento de las siguientes propuestas plásticas.


Bibliografía:

Jean-Francois Lyotard, Moralidades Posmodernas, Editorial Tecno, S.A., Madrid-España, 1996.
Emilio Salas, El Gran Libro de los Sueños, Editorial Martínez Roca, S.A., Lima-Perú, l988.
José Antonio de Lavalle y Werner Lang, Pintura Virreynal, Editado por el Banco de Crédito del Perú. , Lima-Perú, 1978.
José Antonio de Lavalle-Werner Lang, Plateria Virreynal, editado por el Banco de Crédito del Perú. , Lima-Perú, 1978.
Robert Linsley, “ Del “cuadro crítico” al “ fragmento móvil”.”, En revista Acción Paralela, Número 1, Madrid-España, 1995 páginas 139 a 155.

2 comments:

Peru Art Gallery De la Barra said...

Guido,
Te saluda Jose Luis De la Barra, espero me recuerdes, vi tu web y me anime a escribirte, bueno tu sabes uno esta tan distanciados de los amigos de arte que no sabemos donde nos desarrollamos, puedes verme: www.fine-art.com/delabarra.
Saludos

Alejandra said...

Guido, te saluda una antigua alumna de la UMCE...espero asistir pronto a alguna muestra tuya ...un abrazo profe.
Alejandra Perez